La mayoría
de las veces, el estudiante de pedagogía sueña con convertirse en un excelente
profesor, de esos que saben responder a todas las necesidades de los
estudiantes y que siempre recibe a la clase con una sonrisa. De esos profesores
carismáticos, creativos y divertidos que luchan con y por los estudiantes, que
incentivan a lograr metas propias y a superarse cada día. Sin embargo, en la
práctica diaria, nos damos cuenta que aquel sueño es difícil de realizar pues
nos llenamos de ideas y estereotipos de estudiantes vistos en películas,
libros, series, etc. Y esperamos que todos sean como una Matilda Wormwood o una Hermione Granger, niños aplicados con sed de conocimiento y
superación. Por supuesto que deben existir estudiantes así, pero no son el 100%
del curso, por ende, la tarea de hacer educación se torna más compleja puesto
que debemos llamar la atención del niño o joven que tiene su interés en otras
aptitudes. Con el tiempo, la frustración
de no ver a esas Hermiones y Matildas hace que nuestro trabajo se torne
monótono y sin esperanzas de poder cambiar las cosas. Sé que suena bastante
agresivo lo que digo, pero en algunos casos, por no decir la mayoría ni todos,
es así.
No obstante,
mi comentario no se centra en aquel malogro, sino en dar a conocer mi visión
respecto a esto que sucede día a día en los establecimientos educacionales de
Chile.
Uno de los
grandes problemas de la frustración se produce porque vamos predispuestos a
algo y esperamos que así sea. Esto lo podemos evitar, pero ¿cómo? Pues
esperando nada más que niños y jóvenes en un aula sin pensar en cómo serán,
cómo se vestirán, cómo hablarán, cuántos serán, qué les gustará estudiar, etc.
Ya que es la clave de un profesor nunca desestimar a un estudiante ni mucho
menos especular que no será capaz. A pesar de que muchos predicamos aquellas
frases, es arduo llevarlo a las salas de clases pero ¿por qué? ¿Se han puesto a
pensarlo? Mi respuesta personal va a que es mucho más sencillo echarle la culpa
al otro que a uno mismo y es por eso que muchos estudiantes luego nos ven con
cara de recelo pues no escuchamos sus opiniones respecto a nuestro trabajo y
nos cerramos a que la culpa es de ellos y que ellos son los que no quieren
estudiar ni salir adelante y nos ponemos a pensar que nunca cambiarán y que
nunca tendremos estudiantes Matildas ni Hermiones. Sin embargo, un buen
profesor no es aquel que instruyó a mil Matildas y las hizo más y más
inteligentes, sino, es aquel que a pesar de las grandes dificultades que se nos
presentan diariamente en el salón, le podemos enseñar a mil niños y jóvenes
diferentes, con capacidades diferentes, edades diferentes, conocimientos
diferentes, gustos diferentes, sonrisas diferentes y muchas otras
particularidades personales. Por ende, no nos frustremos si notamos que la
clase no va avanzando como queríamos o si algún estudiante no logra entender
por completo la unidad o si uno mismo no logra explicar lo suficientemente
claro para que todos entiendan. Busquemos la forma de lograr lo que queremos,
de enseñar cómo queremos, de sonreír y de no ver la enseñanza como un trabajo
más. Y así, créanme, de mi humilde opinión de estudiante, la utopía no estará
tan lejos de ser alcanzada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario